Fragmentos de Bali

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El viejo y el mar

La mar, como la nombra la gente que la ama, como mujer. A veces los que la aman hablan mal de ella, pero siempre como si fuera mujer. El viejo siempre la veía como algo femenino, que concede o niega grandes favores; si hacia cosas malignas o tremendas era porque no lo podía evitar, la luna la afecta como si fuera mujer, pensaba.
El viejo y el mar

Hemingway

El viejo y el mar

Cockfight

 

Ubud, una tarde cualquiera.. por ejemplo, una de septiembre del 2016

En Indonesia las peleas de gallos son una tradición a denunciar. Todavía no sé a santo de qué me colé sola con mi cámara siendo la única mujer y la única occidental en este lugar, pero no parecía que me tuvieran en cuenta o les molestara, y no pude parar de hacer fotos, sin pensar mucho en lo que representaba realmente lo que tenía delante.

No concibo la fotografía únicamente para mostrar lo bonito de este mundo, creo que es un arma muy potente de denuncia, pero no me quedé hasta el final, ni muestro la parte más desagradable, porque me fui a tiempo.

Me sigue sorprendiendo que en estas ¨costumbres¨contra los animales siempre participen principalmente hombres.

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Bali

Me encantan las caras.Las expresiones de felicidad, la locura, el orgullo, hasta la tristeza. Se escapa la humanidad por los ojos, en las sonrisas. Me fascina la picaresca en una cara, el amor que no se puede ocultar, las personas que no saben (ni quieren aprender) a disimular. Los transparentes, la inocencia… En Indonesia encontré mucho de eso..

 

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Blue Yogyakarta

Nunca sabes como fotógrafo cómo irá viéndose una ciudad en tu cámara, a veces descubres sorpresas como que todo tiene una misma tonalidad. En el caso de Yogya el color fue el azul. Puede que porque resulta una ciudad algo fría, que sentí cierto peligro viajando sola y que había un poco de tristeza en sus calles. A la vez, por eso mismo creo que me fascinó..

Yogyakarta
Sin título Yogyakarta
Yogyakarta Yogyakarta
Yogyakarta El vigilante
Evolución Yogyakarta
Hamelin

Atelier de joyería Cristina Déniz Sosa

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Siempre me han llamado la atención los ateliers, como lugares de creación donde cada universo artístico puede encontrar su lugar, en forma de botes, cacharros, papeles, aparatos y colores.. unos están llenos de caos y desorden y otros son inundados por la luz. Manifestando la personalidad del artista.

Por eso, cada vez que tengo la oportunidad, me cuelo en alguno. En este caso es el de Cristina Deniz, una artista canaria que hace joyas y arte con elementos increíbles, como las vértebras de animales (que sigue fascinándome que tengan forma de corazón, incluso las nuestras!)

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En su atelier puedes encontrar ojos de muñecas, metales, colores. Elementos naturales mezclados con la química, donde sientes que estás ante una alquimista y que eres afortunada por presenciar la magia.

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El desorden en los ateliers suele ser común, como en el de Francis Bacon (cuya foto se puede ver en la exposición del Museo Guggenheim de Bilbao estos días) donde decía que era en el único lugar que se podía inspirar. Se necesitaron doce antropólogos para clasificar e inventariar el atelier de Francis Bacon antes de su traslado y exhibición en Dublín. Del caos existente se rescataron (además de dos mil latas de pintura, cientos de zapatos viejos, cortinas en descomposición y pantalones destrozados y usados en collages) setenta dibujos desconocidos del artista y más de cien telas tajeadas o destruidas parcialmente por él, además de la friolera de 1500 fotografías originales del gran Henri Cartier-Bresson. La mudanza fue “una labor monumental” organizada por un equipo de doce antropólogos. Primero fotografiaron el estudio desde todos los ángulos posibles para repetir topográficamente la ubicación de cada una de las siete mil “cosas” que tenía acumuladas en feliz desorden el bohemio pintor. Cada pieza fue cuidadosamente desempolvada, embalada, transportada de Londres a Dublín e instalada en su lugar exacto en un salón especialmente habilitado

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Taller de Francis Bacon

 

Un Taller nunca deja de estar encantado por el arte, “habitado por los espíritus titánicos que allí ejercen sus poderes soberanos”, en palabras de Jünger.

Los surrealistas se sintieron también atraídos por los talleres de escultura. “Picasso en su elemento” era el título del ensayo de Breton que apareció en el primer número de la revista Minotaure, acompañado por una serie de fotografías, tomadas por Brassai de los estudios del artista. Pero, en las fotografías de los talleres publicados por Minotaure, no existen indicios de violencia creadora, que es la parte que a mi cámara más le llama la atención. Al contrario, en ellos reina la calma, un orden riguroso. 

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En un taller existe una sensación de intemporalidad. Allí rige otra clase de tiempo; mucho más lento, y a la vez tan largo

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En 1948, Alberto Giacometti, que desde 1927 había estado viviendo estrechamente en la misma habitación donde trabajaba, decidió alquilar la de al lado como vivienda y dejar la primera como taller. No es que Giacometti estuviera harto de vivir en un lugar sucio y desordenado, sino que tuvo que buscar una habitación suplementaria cuando la que había ocupado durante años dejó de ser un estudio para convertirse en un taller…

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La megalomanía de Warhol le llevó a llamar a su taller The Factory, fábrica de chucherías en serie, fábrica de sueños, un Hollywood en miniatura. ¡No es eso un atelier? Un lugar de creación de sueños, el cuarto de juegos de un niño/a grande…

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Sin embargo la industria de los sueños y ensoñaciones la acaparó Breton y el Surrealismo. A André Breton, en lo que entonces era su taller; ,“Atelier Breton”, Agnes de Beaville le dedicó un largo ensayo con el imponente título Le Grand Atelier. Como un lugar donde se hacen cosas con las manos, como  ocurre en un taller de escultura. Contrariamente a lo que podría esperarse de un surrealista, Breton no se dedicaba ahí a soñar, sino a fabricar cosas. 

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Cualquier taller es un lugar donde las manos actúan, se afanan noche y día: la casa de las manos…  

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